Como funcionaban las mulas de Pablo Escobar en la ruta Medellín-Miami

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En el libro escrito por Juan Pablo Escobar “Pablo Escobar” In Fraganti precisamente en el capítulo 8 “La ruta del tren” el sucesor explico con lujos de detalles el funcionamiento de la ruta de la droga Medellín-Miami por la vía aérea y las complicidades de la DEA y agentes de líneas de los aviones.

Además, cuenta cómo era la magia para engañar a la autoridad con las “mulas” que eran mujeres muy lindas de la ciudad y que llamaban la atención solamente por eso. Y no por el contenido de sus valijas.

Finalmente, dio a entender que era una ruta que funcionaba a la perfección hasta que se vio obligada de dejarla por la guerra en la que se vio envuelto Pablo Escobar contra el Estado colombiano y el cartel de Cali.

La ruta del “Tren” comenzaba en una pequeña finca o caleta de mi padre ubicada en las montañas de envigado a la que se accedía por la loma de El Escobero y a donde llegaban alrededor de cuatrocientos kilos de cocaína procesados en varios laboratorios en el Magdalena Medio. La droga era transportada en un camión y la mayor parte de las veces no era necesario ocultarla porque los comandantes de los retenes apostados en la autopista Medellin-Bogota sabían cual vehículo debían dejar pasar dos veces por semana sin revisarlo. Claro, a cambio de una fuerte suma de dinero mensual

La ubicación de la finca era estratégica y el nombre clave con la que se conocía en la organización era “La casa de la bruja”. En aquel entonces, esa loma era una trocha intransitable por el lodazal y los derrumbes, y mi papa decía que el mejor campero para escalarla era el Suzuki SJ-410.La casa estaba situada a unos escasos 15 kilómetros del aeropuerto José María Cordova,de Rionegro. Recuerdo muy bien esa trocha porque por ahí mi padre solia evadir los retenes, que permanecían fijos en la subida de la avenida Las Palmas.

Entonces, cinco camperos Suzuki se desplazaban por diferentes lugares de Medellín recogiendo las “mulas” que se preparaban para viajar y las llevaban a “la casa de la bruja”, donde los hombres de mi padre las esperaban con la droga empacada en maletines de diferentes tamaños y colores, y sin ningún distintivo especial.

Antes de salir para el aeropuerto, las “mulas”  nuevas recibían instrucciones acerca de cómo proceder para evitar que cometieran errores en el viaje tanto de ida como en el de regreso. Tranquilizarlas era clave y por eso las jóvenes mas experimentadas contaban sus vivencias. La ilustración más obvia, pero a la vez mas importante, era que no se podían mirar ni hacer señas entre si, por mas amigas que fuesen. También les quedaba claro que si una “mula” caía en manos de la autoridad, ninguna podría ayudar porque se pondría en riesgo la totalidad de la operación.

Una vez todo estaba listo, la trocha por la que subían hacia el aeropuerto era de tan difícil acceso que muchas veces los camperos quedaban bloqueados y las mulas debían bajar a ayudar a empujarlos para llegar a tiempo.

Como no era necesario esconder la droga en doble fondos porque todo el itinerario estaban arreglado, el proceso era rápido y simple .La única precaución que se tomaba era envolver los paquetes los paquetes en un papel especial para evitar que algún perro antinarcóticos detectara el olor de la coca.

A cada “mula” se le entregaba un tiquete aéreo con nombre falso. Como la maleta que llevaban a bordo era pesada y en ocasiones las azafatas se quejaban del exceso de equipaje, mi padre ordeno que al menos un joven viajara en el mismo vuelo para ayudarles a subir la valija al portaequipajes .Lo demás era fácil porque prácticamente todos los puntos de control del aeropuerto habían sido sobornados, así que llegar hasta el mismísimo avión con la droga en la mano no representaba riesgo alguno.

Los cómplices de la droga a Estados Unidos

La corrupción hizo posible semejante juego de precisión .Y es que la cadena era larga: los empleados de la aerolíneas estaban aleccionados para que en el momento de hacer el check-in de los pasajeros señalados no se les requiriera ni pasaporte, ni visa, ni ningún otro documento y se les imprimiera el pase de abordar .Por supuesto que la mayoría de las autoridades migratorias-en aquel entonces el Departamento Administrativo de Seguridad, DAS- también estaban involucradas ,porque en cada vuelo a Miami viajaban en promedio diez mulas cargadas de droga que no sufrían el menor inconveniente o retraso. Luego, los policías encargados de requisar a los pasajeros y sus equipajes de mano permitían el paso de las jóvenes y bellas mujeres que les mostraban una amplia sonrisa. Por último, los empleados de la línea aérea encargados de verificar los pasabordos y autorizar el ingreso a los aviones, se hacían los de vista gorda y omitían chequear los pasaportes. La ruta del “Tren” funcionaba como un reloj.

Una vez las “mulas” estaban en la aeronave, sus nombres eran dictados por teléfono a un enlace en Bogotá y este a su vez llamaba a Miami a reportarles los datos a los agentes antidrogas para que estuvieran pendientes de recibirlas.

A la llegada al aeropuerto internacional de Miami, casi cuatro horas después, las “mulas” eran separadas del resto de los pasajeros del vuelo, como si se tratara de un control de rutina .No se hacía mucha algarabía para no despertar sospechas porque la tradicional afluencia de turistas hacia que todo lo que ocurriera allí pareciera normal. Pero era una farsa porque los agentes de chaqueta y distintivos de tres letras conducían a las bellas mujeres por aéreas de acceso restringido del aeropuerto, hasta llegar a unas escaleras de emergencia. Una vez en ese lugar, una parte del grupo bajaba por ahí y otra lo hacía por un ascensor hasta llegar a una zona de estacionamiento .En ese instante todas las “mulas” estaban obligadas a entregar su equipaje de mano para que los agentes antidrogas contaran kilo por kilo para calcular la comisión que les sería entregada ese mismo día. Acto seguido, las “mulas” caminaban hasta la salida de pasajeros donde eran recogidas en varios vehículos de la organización de mi padre en Estados Unidos.

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